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Persianas de lamas - Historia

La revolución enrollable: cómo una patente cambió la piel de nuestras ciudades.

30 Junio 2026
Imagine por un momento el Madrid o la Barcelona de finales del siglo XIX. Las fachadas de los ensanches lucían con orgullo sus huecos balconeros, donde el confort dependía de una coreografía de filtros: visillos, pesadas contraventanas de madera y, sobre todo, la persiana de librillo. Esta última era la joya de la corona; una estructura noble que, mediante el pliegue vertical de sus hojas y la orientación de sus lamas, permitía un control casi poético de la luz y el aire. Sin embargo, a pesar de su elegancia, el librillo tenía un enemigo silencioso: el espacio y la complejidad de su maniobra.
La verdadera revolución llegó de la mano de un empresario con visión de futuro: Ramón Múgica. Dueño de una fábrica en San Sebastián, Múgica no inventó la rueda, pero sí trajo a España el ingenio que cambiaría nuestras calles para siempre. Alrededor del año 1900, adquirió la patente de las roller shutters inglesas, un sistema que ya causaba furor en los exclusivos clubes de Londres desde que, en 1836, los señores Bennett y Corpe perfeccionaron mecanismos de engranajes de "diente de gusano" para mover grandes paños con un mínimo esfuerzo.

Para 1909, la difusión de la persiana enrollable era imparable, compitiendo cara a cara con las "antiguas" de librillo. ¿Por qué este invento conquistó a los arquitectos de la época? La respuesta estaba en la limpieza visual y el ahorro de espacio. Mientras que el librillo requería un lugar donde recogerse, entorpeciendo a veces la composición de la fachada´e incluso la vista, la persiana de Múgica se ocultaba discretamente en un tambor, el famoso cajón de persiana que hoy es un elemento estándar en nuestras fachadas, liberando el hueco por completo.

Pero el argumento definitivo que convenció a la burguesía de principios del siglo XX fue la supresión de los postigos. 

 

Los catálogos de los Herederos de Ramón Múgica (HRM) anunciaban con orgullo que su sistema no solo protegía del sol, sino que servía como un cierre térmico y de seguridad tan eficaz —gracias a la robustez de la tablilla de madera— que las contraventanas interiores, que robaban centímetros vitales a las habitaciones, dejaban de ser necesarias.

 

Incluso genios como Antoni Gaudí se rindieron ante las posibilidades de esta tecnología y la carpintería de precisión. Junto a los maestros de la Casa Bardés, Gaudí integró sistemas de lamas y persianas en edificios emblemáticos del Ensanche barcelonés, llevando el concepto a su máximo esplendor en la Casa Milà. Allí, diseñó faldones fragmentados y curvos para que la luz entrara por arriba mientras se mantenía la privacidad abajo, demostrando que la técnica podía someterse a la geometría orgánica.




Así, lo que comenzó como una patente importada a una fábrica de San Sebastián, terminó por jubilar a las pesadas contraventanas y definió la piel de nuestra arquitectura moderna, demostrando que, a veces, la mayor revolución constructiva es simplemente saber enrollar lo que antes nos estorbaba.